Por el Padre Shenan J. Boquet – presidente de Vida Humana Internacional
Publicado el 4 de marzo del 2024
“Quería dar a conocer la dramática caída de las tasas de natalidad, especialmente en los países desarrollados. Como bien saben, aproximadamente la mitad de los países del mundo, incluidos todos los países desarrollados, tienen ahora una tasa de natalidad no reproductiva. Naciones enteras están desapareciendo”. - Padre P. Marx, Fundador de Vida Humana Internacional, 2000
Incluso aquellos de nosotros que hemos estado advirtiendo durante décadas que las preocupaciones sobre la superpoblación equivalían a una histeria injustificada estamos más que un poco sorprendidos al ver cuán rápidamente ha cambiado la conversación. En las décadas posteriores a la publicación del libro titulado “La bomba demográfica” de Paul Ehrlich en 1968, la idea de que el mundo estaba peligrosamente superpoblado y que la prioridad más urgente que enfrentaba la humanidad era reducir las tasas de fertilidad fue casi universalmente aceptada en los círculos de la élite. En Estados Unidos, la idea de que la superpoblación planteaba una amenaza existencial a la seguridad nacional se expresó en el ahora infame Informe Kissinger (Memorando de Estudio de Seguridad Nacional 200, 1974), que dirigía la política exterior estadounidense a promover el control demográfico en las naciones en desarrollo. Los organismos internacionales como las Naciones Unidas también hicieron del control de la población, mediante formas coercitivas, uno de sus mandatos centrales.
Ciertamente, siempre hubo quienes, como el fundador de Vida Humana Internacional, el P. Paul Marx, OSB, quien respondió que el mundo podría sustentar una población mucho mayor de lo que predijeron demógrafos como Ehlich. Pero eran una pequeña minoría y no fueron escuchados en los medios ni en las esferas del poder político. Y cuando algunas de estas mismas personas, incluido el P. Marx, comenzaron a advertir que, de hecho, la preocupación más urgente era una inminente crisis de despoblación, fueron objeto de burla.
Y, sin embargo, en algún momento de la última década, la situación empezó a cambiar. Se hizo cada vez más común escuchar a burócratas, científicos sociales y grupos de expertos políticos expresar en voz baja su preocupación de que algo estaba en marcha en muchas naciones occidentales y asiáticas ricas que podría tener consecuencias sociales y financieras nefastas, y que no era una superpoblación.
La preocupación que iba surgiendo lentamente quedó bien resumida en el título de un informe de 2006 del Senado canadiense: “La bomba de tiempo demográfica: mitigar los efectos del cambio demográfico en Canadá”. El lenguaje de este informe en gran medida ignorado (en ese momento) fue crudo y fatalista. “La suerte demográfica está echada”, escribió el auditor general del país en ese informe. “Es poco lo que podemos hacer para revertir o incluso frenar el envejecimiento de la población de Canadá en las próximas décadas”.